MANO A MANO - ECUADOR
Cuando se cierra la puerta Viviana Cordero - Ecuador fuente: CELCIT.Dramática Latinoamericana.67 Estrenada el 12 de abril de 2000 Teatro Patio de Comedias en Quito, Ecuador. Protagonizada por Toty Rodríguez y Martha de Salas. Personajes Doña Violeta. Señora de aproximadamente 55 años de clase media alta, llena de prejuicios y frustraciones. Antes de darse la luz, se escuchan las voces de dos mujeres. VIOLETA: ¡No, Alegría, no te vayas! Se va. BALTAZARA: Se fue. La luz llega de golpe, como convocada por el sonido. Una sala, una mesa de planchar, una cocina son los elementos de la escenografía. Alrededor, muchas violetas en maceteros VIOLETA, mira en dirección a la puerta. Gira y avanza hasta el proscenio. Al fondo, derribada sobre la tabla de planchar, se encuentra BALTAZARA. Es su empleada doméstica. Violeta no la mira, ni cae en cuenta de su presencia. A Violeta la sentimos desgarrada. Baltazara es un eco. Como autómata. Sin una gota de emoción. Estoica. VIOLETA: No hay nadie. Se lleva la mano al corazón. BALTAZARA: Nadie. VIOLETA: Me he quedado sola. BALTAZARA: Sola. VIOLETA: ¿Y ahora? BALTAZARA: Casi un desafío. Ahora... VIOLETA: Todavía sin reparar del todo en BALTAZARA. Por la HIJA que se ha marchado. Ya no tengo para qué vivir. BALTAZARA: Vivir. VIOLETA: Y una sólo se da cuenta cuando se van… BALTAZARA: Se van. VIOLETA: Todo terminó. BALTAZARA: Con ritmo MUSICAL. Terminó. VIOLETA: La casa ha quedado sola. BALTAZARA: …sola. VIOLETA: Tal vez ya ni siquiera es una casa… Es una cárcel… O una tumba… BALTAZARA: Tum-ba. VIOLETA: No hay nadie. BALTAZARA: Nadie. Yo no soy nadie. Violeta por primera vez escucha y se da la vuelta muy lentamente para confrontarla. VIOLETA: molesta. ¿Qué dices, Baltazara? ¿Acabaste de planchar? BALTAZARA: se alza de hombros. No, señora Violeta. Nunca se acaba. VIOLETA: ¡Qué se va a acabar si andas con la plancha por todo lado atrás mío! ¿Y la cena? ¿Está lista la cena? BALTAZARA: Sí, señora Violeta, la comida está lista. Violeta se sienta y retoma una labor de punto de cruz mientras que Baltazara sigue planchando. VIOLETA: La cena. ¿Y para qué quiero cenar si me he quedado sola? Pensar que toda mi vida compartí mis comidas. Hace tantos años ya, cuando me casé. Entonces la vida era como de colores. Siempre tenía que esperar para cenar. Y al principio me molestaba esa espera, ¿te acuerdas, Baltazara? Ahora, ya no puedo vivir sin ella. BALTAZARA: ¡Hace fuuu que se largó el señor, señora Violeta! ¡Se fue con otra! Hace tiempo que la dejó, señora. Y después se murió. O sea que se fue dos veces. Usted ha comido sola desde hace mucho tiempo, porque la señorita Alegría siempre tenía compromisos y el niño Francisquito… VIOLETA: No quiero recordarlo. ¡No quiero recordarlo! Y, en cuanto a mi marido… Eso fue hace mucho tiempo. No merece recordarlo. BALTAZARA: O no queremos recordarlo. Nosotras que siempre hemos sido, ¿cómo es que usted dice? Ah sí, 'dignas'. VIOLETA: No hables en plural, Baltazara. Y no ironices. Tú sabes que yo dejé al señor porque no me merecía. BALTAZARA: El señor se fue porque se fue con otra, y usted bien que lloró lágrimas de sangre, señora. Como lloramos todas. Por estúpidas… Por débiles… Por cojudas que somos. VIOLETA: pensativa, por unos instantes y dejándose llevar por lo que dice Baltazara. Como apéndices de ellos, extirpados, guardados en un frasco de alcohol, para el recuerdo. Tajante, cambia de tono. VIOLETA ha resuelto que el pasado es como ella ha decidido que sea, o que haya sido. El señor se fue porque yo lo eché. Porque el orgullo y la dignidad están primero y porque... Porque una mujer está hecha para vivir sola. Los hombres lo único que hacen es estorbar. Llegan con su enorme presencia y llenan todos los espacios. Y sólo esperan ser servidos, ser aplaudidos. Que se les escuche… Ah, pero ellos, ellos nunca tienen tiempo para oír. Es cobardía buscar a un hombre. El tiempo me ha dado la razón. Ahora sólo cargo conmigo misma. Eso es bueno. Puedo comer lo que me dé la gana. Puedo vestirme como me dé la gana. Soy yo. Yo. Y eso es bueno. Mientras tanto Baltazara se ha acercado a la cocina y ha servido un plato, que lo coloca en una fuente y lo acerca a la señora, depositándolo en una pequeña mesa junto al sofá en el que está sentada. BALTAZARA: ¿Y entonces por qué sufrimos, señora Violeta? VIOLETA: Yo no sufro. BALTAZARA: burlona. Ajá, así mismito le pasó a mi prima Manuela. Violeta se vuelve a mirarla; pero Baltazara se aleja. Se sirve un plato de sopa y se sienta en una pequeña silla, donde se acomoda a comer, tratando de dar la espalda a la señora Violeta. Violeta, no puede más de la curiosidad y prosigue. VIOLETA: ¿Y qué? ¿No me vas a contar? BALTAZARA: ¿Qué quiere la señora que le cuente? VIOLETA: Eso que decías… De tu prima… ¿Cómo era? ¿Manuela? BALTAZARA: No me acuerdo. ¿Y no ve que estoy comiendo? Una también tiene hambre, señora. Déjeme en paz. Violeta entra a la cocina, la mira y ríe. VIOLETA: ¿Siempre te escondes así para comer? Baltazara la regresa a mirar entre asombrada, avergonzada y molesta. BALTAZARA: ¿Qué me ve, ah? ¿Acaso a usted le gusta que le anden aguaitando cuando come? VIOLETA: Eres rara tú. Violeta regresa al sofá a seguir comiendo. Las dos se dan la espalda, sumidas en sus platos, reflejando una profunda soledad en sus quehaceres. Luego de unos eternos instantes continúa Baltazara. BALTAZARA: La esposa siempre es la criada. VIOLETA: ¿Qué dices? BALTAZARA: ¿No dizque quería oír lo que le pasó a mi prima Manuela? VIOLETA: Yo pensé que ya no me ibas a contar. BALTAZARA: Digo… para hacer conversación, nomás, pues. Pero si no le interesa ya no le digo nada. VIOLETA: Baltazara, ya empezaste, vamos, cuenta… Cuenta mujer. BALTAZARA: se acerca, se para y hace una pequeña representación de todo con los cubiertos y el plato. A la Manuela se le ocurrió casarse bien pollita. Boba, cayó la estúpida ésta por un tonto que vivía cerca. Claro, metieron la pata y se casaron a la fuerza. Después, llorando, llorando sabía andar con toditos los muchachitos colgados. Y asustada, porque el Jacinto, Jacinto se llama el sinvergüenza ése, a palos le sabía entrar cuando dizque se portaba mal. Ya, dale con la escoba, más que sea, así le sabía decir yo. Pero ella, ni de fundas, le daba un miedo. Larga pausa. VIOLETA: ¿Y? ¿Y a la final qué pasó? BALTAZARA: Qué pasó, qué pasó, nada, pues. Por suerte para ella, él se largó a España, porque allá dizque se gana más, pero nadita que le manda billete. Ni medio… Pero, ¿sabe qué? Por lo menos ya no le pega, pues. Así que algo ganó, oiga. Por lo menos… ¿no? Yo por eso, mejor, nunca me hice de compromisos. Es que siempre todito es para el marido y por el marido, como si fuera normal. VIOLETA: Así es… Baltazara trae una taza de café con leche para la señora; pero, al tratar de entregarla, se riega un tanto. VIOLETA: totalmente alterada. ¿Qué haces, mujer? ¡Ay, Baltazara! BALTAZARA: Disculpe, señora. Había olvidado que la señora no puede vivir cuando la leche se derrama. Un poco burlona. Yeyo es lo que le da, ¿no? Jah, si yo conozco a mi gente, mejor dicho. VIOLETA: Nadie puede vivir cuando la leche se derrama. Se mancha todo. Huele mal. La leche derramada es como los años que se van y luego no queda sino una mancha húmeda en el sofá, o en la ropa, o en la alfombra y, por más que se trate de recoger, ya no puede volver a la taza. El líquido se escurrió, se fue. Baltazara limpia con fuerza. BALTAZARA: Pero queda la mancha. VIOLETA: ¿Qué dices? BALTAZARA: Que queda la mancha. Si por lo menos se pudiera sacar por completo la mancha; pero esta casa está llena de manchas. A veces una cree que frotando, frotando, se van a ir… pero siempre quedan unos conchitos, que no se van, que se quedan, ahí. VIOLETA: Los recuerdos. BALTAZARA: Las manchas, digo. VIOLETA: Hace veinte años que todo comenzó. ¿Te acuerdas, Baltazara, de cuando llegaste a la casa? Baltazara se le acerca, pero siempre ligeramente detrás y le habla casi al oído. BALTAZARA: Veinticinco años, señora Violeta. Usted siempre se anda quitando la edad. VIOLETA: para ella misma, ignora a Baltazara. Es como si fuera ayer. Me pregunto a dónde se fueron. Llegábamos a esta casa. Era nueva. La acabábamos de construir. Éramos los pioneros en el barrio. Todo era descampado. Ahora en cambio… los pitos, los autos. No queda nada. Llegábamos con el camión lleno, los muebles, la ropa. Yo, con Francisco de apenas cuatro años, y encinta de mi Alegría. Llegábamos con… Le cuesta esfuerzo decirlo. Con sueños. Llegábamos para quedarnos, para iniciar algo... Y aquí seguimos. No nos hemos movido. Cuántas cosas, Baltazara, ¿te acuerdas? Tú llegaste ese mismo día, te trajo mamá. BALTAZARA: Ajá, señora, me trajo su mamá… como si fuera una maleta más o como parte de los muebles… Las doras… VIOLETA: ¿Las qué? BALTAZARA: Las doras pues… La lavadora, la licuadora, la aspiradora, la secadora que se acababan de traer de donde los gringos, y la baltazaradora. Baltazara hace como una venia de presentación. VIOLETA: No digas eso, Baltazara. BALTAZARA: Si no la critico. Digo, no más. Yo elegí esta vida. Pude haberme largado en cualquier rato. Oportunidades tuve, pretendientes, familia propia… VIOLETA: burlona, escéptica. ¿Quisiste irte, alguna vez? BALTAZARA: Todavía quiero… Siempre pensando 'mañana', 'mañana'… Y 'mañana' es ahora. Ahora… Y ¿sabe qué? ¡Sí! Ahorita mismo es que le voy a decir a usted, señora Violeta, que yo también me voy. Sale. VIOLETA: mira en su dirección, asustada e incrédula. ¿Pero cómo dices, eso, Baltazara? ¿Cómo se te va a ocurrir dejarme ahora que ya no queda nadie? ¡Ya no queda nadie! ¡No queda nadie en la casa! ¡No hay nadie! Baltazara entra en ese momento con una maleta llena de ropa y más ropa bajo el brazo que comienza a empacar. BALTAZARA: Así es, señora. No hay nadie. VIOLETA: descompuesta. No hay nadie, Baltazara. BALTAZARA: Así es, señora. Yo no soy nadie. VIOLETA: Ay, Baltazara. Vos eres la Baltazara. Y por eso mismo, siempre has estado aquí. Tú eres la Baltazara. BALTAZARA: Nadie. Sólo la Baltazara. Nadie. VIOLETA: No digas eso, Baltazara. Hoy sí que hemos amanecido sensibles, ah. Si no fuera porque ya estamos pasaditas diría que estás en tus días del mes. BALTAZARA: ¿Baltazara qué, señora? VIOLETA: ¿Cómo que Baltazara qué? Baltazara, pues. BALTAZARA: ¿Y el apellido, ah? ¿Se acuerda de mi apellido? Violeta se vuelve a sentar. VIOLETA: Pero qué cosas dices, Baltazara. Claro que me acuerdo. BALTAZARA: Desafiante. ¿A ver? Una pausa. No hay respuesta. Ríe. Si cada vez que hacía el cheque me volvía a preguntar. Toditos los meses… Veinticinco años llenos de meses, señora Violeta de Cueva… ¿Sabe usted cuántas veces me he enamorado? ¿Sabe qué me gusta comer? ¿Sabe qué me molesta? ¿Qué programas de televisión me gustan? VIOLETA: Te gusta la novela de las ocho. Sí, sí, la de la guambra esa que es hermana gemela de la otra y le usurpa el puesto en la casa familiar, pero que en realidad no es mala sino… BALTAZARA: interrumpe. No, señora Violeta. Ésa es la que le gusta a usted. A mí me gusta la de las doce del día. Pero como usted nunca está en casa a esa hora. Yo, en cambio, la conozco a usted como si la hubiera parido. Yo sé qué ropa le gusta usar, qué colores, si hasta me conozco toditos esos nombres raros de esas cremas que usted usa. El gusto que le da templarse en la cama para hacer la siesta a las dos de la tarde. Si hasta sé cómo ronca… VIOLETA: Yo no ronco. BALTAZARA: Ronca, señora Violeta. Ronca. Y cuando… Gesto para hacer el amor. con el señor, ah, a usted le brillaban los ojos al día siguiente y andaba todita alegre y perezosa. Sé que odia el sancocho de pescado y que le encanta la sopa de quinua. VIOLETA: como si fuera algo terrible, se levanta, se acerca a Baltazara y reclama. Y nunca me das sopa de quinua. Siempre me sirves sancocho de pescado. Baltazara ríe triunfante. BALTAZARA: Dicen que es bueno el pescado. Vuelve a reÍr- Yo he sido su sombra. Yo he vivido una vida prestada, mejor dicho como heredada. Como las ropas que me regala cada seis meses porque a usted ya no le sirven. Violeta regresa al sofá. VIOLETA: Es por aprecio, Baltazara. Por… Por cariño. BALTAZARA: Porque engorda, señora Violeta… O porque pasan de moda… Yo he vivido en una casa que no es mía, durmiendo en el último cuarto, ése que usted ni siquiera conoce… Allí donde… La imita. "Ay, ya no sé dónde poner estas maletas… No entran en ninguna parte… Ah, Baltazara… Pon esta maleta en tu cuarto, Baltazara…” Tengo un cuarto lleno de maletas y de cajas, señora Violeta… Eso sí, ¿cómo es que dicen las etiquetas de las doras?, siempre garantizada. A las otras doras se les acaba la garantía; pero a la baltazadora no. La Baltazara siempre tenía que estar bien. La Baltazadora siempre estaba pa cuidar a los niños, para hacerse cargo de todo cuando usted tenía que salir. La Baltazara… siempre sanota… VIOLETA: No seas ingrata… Yo te he llevado al médico. BALTAZARA: Una vez… Cuando los niños me contagiaron el sarampión… Una vez. VIOLETA: ¿Habrás estado enferma pues? Nunca me dijiste. BALTAZARA: No. No estuve enferma… O creo que no… Ya ni me acuerdo… VIOLETA: Me hubieras dicho. BALTAZARA: ¿Para qué? ¿Me hubiera pasado agüita de pasiflora para los nervios? VIOLETA: Baltazara… Tú siempre decías que no había que ser ociosa. BALTAZARA: Ah claro, de eso sí se acuerda, ¿no? Porque le conviene, ¿no? Y ya no se acuerda, en cambio, de que yo he sido su cómplice en todo, Bajito y se le acerca. hasta en lo del niño Francisquito. VIOLETA: Se crispa. Tiene miedo. Estalla y se levanta haciendo retroceder a Baltazara. No lo menciones. No lo menciones. BALTAZARA: Claro que no… La imita. "De esto no se vuelve a hablar nunca, Baltazara. ¡Nunca!" Y yo no volví a hablar nunca. Sólo que cargué con la culpa y con la pena, Dios mío, como si eso se pudiera olvidar. Baltazara se acerca a la maleta, la cierra y se aleja. Violeta la trae de vuelta. VIOLETA: Si hemos tenido bonitos momentos, Baltazara. Le presenta un álbum de fotos y se sienta sobre la alfombra. VIOLETA: Las dos estamos nerviosas. Cuando yo estoy mal miro fotografías. Siéntate, Baltazara. Baltazara se resiste. VIOLETA: ¡Siéntate, Baltazara! Baltazara se sienta junto a Violeta y poco a poco comienza a interesarse en las fotografías. VIOLETA: Mira, aquí está Alegría cuando cumplió cinco años. Mira mi moño. Con un tubo de papel higiénico me hacían y duraba toda la semana. Mira, aquí estamos con mamá y papá. Ellos también se fueron. Mira, aquí estamos todos soplando las velas del cumpleaños número seis de mi Francisco y tú estás al fondo, Baltazara. Baltazara sonríe a medias. Violeta toma otras y las pasa con rapidez. VIOLETA: Estas fotos no están tan buenas. Jesús, que fea que estoy. Bota, bota, mejor. Y las bota al suelo. Baltazara las recoge. BALTAZARA: Preste, preste, yo me las llevo. Hasta mis recuerdos son suyos. Y mete en la maleta las fotos. VIOLETA: Mejor, ya no quiero recordar… Los recuerdos son malos, Baltazara. BALTAZARA: Son como las manchas. Son malos, pero no se van. Baltazara se aleja con la maleta. Violeta le grita, desesperada. VIOLETA: ¿Te das cuenta, Baltazara? Alegría se ha ido. Mi hija… Mi única hija… Se ha ido. BALTAZARA: ¿Y no dice usted misma que como cadenas arrastramos lo que hacemos, señora? VIOLETA: ¿Qué quieres decir? ¿Que es mi culpa? Baltazara no responde. Las dos se enfrentan en el proscenio de perfil. VIOLETA: ¿Insinúas que es mi culpa que mi hija se haya marchado para siempre? BALTAZARA: Se fue porque se cansó. VIOLETA: Estás loca. ¿De qué se podía cansar? Se marchó porque la muy tonta se enamoró de un mediocre que lo único que va a hacer es a llenarla de hijos y hacerla infeliz. Baltazara no contesta. VIOLETA: ¿Qué quieres decir? BALTAZARA: Callada estoy. VIOLETA: Por eso mismo, porque te conozco, ya cuando me miras así, ¿qué quieres decir con tu silencio? BALTAZARA: Que se fue porque se cansó. Se cansó, se hartó, se repletó… Y se largó… Eso fue lo que debí haber hecho yo. VIOLETA: Yo la quise, Baltazara, la quiero como lo que es. Mi Alegría, la más inteligente. BALTAZARA: "La más inteligente", ahora lo dice. ¿Como el niño Francisquito? Violeta se crispa. VIOLETA: No menciones a Francisco. BALTAZARA: Me olvidaba. La ropa sucia se lava en casa. Lo que pasa es que se le ha olvidado a usted, señora Violeta que ahora estamos en casa. Aquí es donde se lava la ropa sucia. Y es hora de lavar, señora. Hablemos del niño Francisquito. Con cierta reticencia al principio, pero con pasión, Violeta se deja llevar por los recuerdos. Llora. VIOLETA: Mi Francisco, mi primer hijo. Violeta se levanta y cambia a una actitud alegre y soñadora pero al borde de la locura. Baltazara, por su parte, decepcionada porque Violeta no acepta una realidad, entra a la cocina. VIOLETA: Recuerdo cuando le daba de lactar. Me tocaba levantarme cada tres horas. A la madrugada, me sentía el único ser del planeta despierto. Miraba la oscuridad, como si el tiempo se hubiera detenido. Daba una sensación de eternidad. Mi Francisco, tan alegre, tan brillante. BALTAZARA: Tan consentido también. Tan irresponsable también, tan tarambana también… VIOLETA: Tú que lo consentías. Era también tu engreído. Nunca me he de olvidar, ya grandote, y tú seguías llevándole el desayuno a la cama. BALTAZARA: Y bueno, era el único hombre que quedaba en la casa. Había que servirle, ¿no? VIOLETA: Claro, pobrecito, era incapaz. Por eso le recogías la ropa que dejaba tirada desde la entrada de la casa hasta su dormitorio y le preparabas la comida a las horas de su corazón. BALTAZARA: Un hombre tiene que hacer unas cosas. Otras, no. Chiste me hubiera dado a mí verle al niño Francisquito metido en la cocina, pobrecito, se hubiera quemado. No como con la niña Alegría, a ella sí le enseñé desde chiquita para que no se hiciera machona. VIOLETA: burlona. ¿Y yo soy responsable de lo que ocurrió con Francisco? Es que me parece tan cómoda la gente que jamás se culpabiliza por nada. Y es que debe ser muy rico vivir pensando que siempre los culpables son los otros, los otros, los otros, nunca una. Baltazara se alza de hombros y la interpela molesta. BALTAZARA: Lo que pasa, señora Violeta, es que usted se moría de celos porque el niño Francisquito me prefería a mí. Si sólo conmigo comía. Y las tardes, cuando lo sacaba de paseo por el jardín y nos sentábamos a mirar como se iba escondiendo, escondiendo el sol. Baltazara se ha acercado a soñar al proscenio. Violeta se la acerca, la sacude y la saca de su sueño. Empieza un duelo casi de espadas en que la una o la otra retroceden según el caso. VIOLETA: Tú te lo apropiabas. Me lo quitabas. Querías ser su madre, Baltazara. Baltazara calla. VIOLETA: No lo niegues. Tú querías ser su madre. BALTAZARA: Las dos fuimos su madre. Usted lo sabe, y eso sí es algo que no me lo puede quitar. Las dos… ¿Quién le aguantó sus fiebres, sus miedos, las malas noches? ¿Usted? Violeta calla. Yo también acepto mi parte de culpa. Las dos lo perdimos, señora Violeta. Las dos. VIOLETA: Yo siempre estuve ahí para él. Siempre. BALTAZARA: Sí, usted fue la que siempre dijo "Cúidalo, Baltazara"… "Atiéndelo, Baltazara"… "Dale de comer, Baltazara"… Con mucha intención. "Cierra la llave, Baltazara". VIOLETA HACE UN ADEMÁN DE PEGARLE PERO BALTAZARA LA DETIENE Y LUEGO SE VA PARA LA COCINA PERO SIGUE HABLANDO. BALTAZARA: La madre de reemplazo, cuando usted tenía sus compromisos. O cuando el señor la abandonó y usted se durmió cuatro años, como ida andaba. Violeta se le acerca. VIOLETA: ¡Cállate! BALTAZARA: Casi con maldad. Cuatro años… Sin entender que la vida seguía porque la vida siempre sigue. Es un carro que avanza, y una nunca puede bajarse porque nunca para. Y una tiene que seguir y seguir… Cuatro años… Se engañaba a usted misma, señora Violeta, porque, aunque no quisiera, seguía dentro del bus. VIOLETA: ¡Te dije que te callaras, carajo! BALTAZARA: Y total, ¿para qué? Para que cuatro años después, cuando se despertó, la señora Violeta se sintiera perdida al ver que todo había seguido para adelante, menos ella que se encontró en otro patín, en otro camino. VIOLETA: Tanto que me criticas; pero seguiste conmigo. BALTAZARA: Rie amarga. y habla para sí misma. Y ni sé por qué. Yo estaba cansada de no tener una vida propia, porque usted se había robado la mía, así que a mí también me gustó cogerme la suya. Pecado ha de ser; pero me gustó. Me gustó robarle, señora Violeta… Un poquito cada vez… Que los niños vinieran a amanecerse en mi cama y no en la suya… Que me enseñaran a mí primerita la libreta de notas… Que me contaran los chistes del colegio… Pecado ha de ser; pero me gustó… Y todavía me gusta… VIOLETA: No te robaste nada. Eran mis hijos. Míos. BALTAZARA: Sí, suyos eran. Hasta que había que hacer algo. para sí misma. Ahí entraba la Baltazara… A obedecer porque no le quedaba de otra, aunque no estuviera de acuerdo. LA IMITA. "Es nuestro guagua, Baltazara"… VIOLETA: bajito. Cállate, por favor. BALTAZARA: "Ayúdame a tomar la decisión, Baltazara"… "No lo podemos dejar sufrir, Baltazara"… VIOLETA: Cállate. BALTAZARA: "Ya van meses, Baltazara"… "Ya no es el mismo"… "Es por su bien"… VIOLETA: ¡Cállate! BALTAZARA: "Cierra la llave, Baltazara"… Violeta se levanta, ya no puede más. VIOLETA: No puede más. Grita. ¡Cállate, chol'e mierda! Igualada. Una pausa. BALTAZARA: Gracias… Casito, casito me creí que éramos iguales. Violeta regresa desesperada donde Baltazara. VIOLETA: Se le acerca y casi que le ruega) Dijimos que nunca íbamos a hablar de eso. BALTAZARA: 'Dijimos' es mucha gente, señora Violeta. Usted lo dijo. Porque usted siempre se ha creído que si una no habla de las cosas es como si las cosas no hubieran pasado… O que fueron como usted quiere que hayan sido… La imita. "Yo boté a mi marido"… "Mi hija Alegría se fue porque se enamoró de un me… me… me…" VIOLETA: La corrige. "Mediocre". BALTAZARA: Como sea… Pausa larga, cada una está en sus quehaceres. VIOLETA: Por ser mujer, por ser mujer. ¿Qué es una mujer? BALTAZARA: De los hombres una sí sabe… Un albañil hace casas, un zapatero hace zapatos, un chofer maneja carros… Pero de las mujeres, no sé… Una mujer como que no hace grandes cosas, ¿no? Los hombres hacen las cosas, las mujeres estamos en la casa, acompañando, esperando, curando, esperando… Una mujer cocina, lava, limpia… Se da cuenta de lo que hace. …plancha… Yo soy una mujer. VIOLETA: Yo también soy una mujer, Baltazara. Baltazara no comenta. VIOLETA: Yo también soy una mujer, Baltazara. BALTAZARA: No sé… Una patrona es como un hombre. Sólo ordena… Y una es la que tiene que hacer. VIOLETA: Las patronas somos las mujeres de los patrones hombres, Baltazara. Y nunca nos rebelamos en alta voz; pero siempre tenemos nuestros pequeños desfogues… que la cerámica, que la cocina, que el crochet, que el punto de cruz… a veces contamos todas nuestras vidas en las labores de punto de cruz. Por eso a nosotras no nos pueden someter del todo, porque, aunque sea por pocas horas, también volamos… sin grandes pretensiones, a escondidas a veces, pero volamos. ¿Por qué se fue Alegría, Baltazara? BALTAZARA: Ay, la niña Alegría se fue porque se cansó. Ella fue muy frágil siempre, y usted muy dura. Ella sufría y usted no entendía. Ni… Tiene que aceptarlo. Ni yo… La veíamos tan perfecta, tan responsable, que no pensamos que podía necesitarnos. Estábamos muy ocupadas con las locuras del niño Francisquito; con los problemas del niño Francisquito; con los amigos del niño Francisquito… Y, cuando el niño Francisquito se… fue, todavía nos quedaron los recuerdos del niño Francisquito. Y la niña Alegría se fue… Ella nos dejó y ahora tenemos que vivir con la culpa. Una culpa más en medio de tantas otras. Como cuando usted me llevó a conocer las montañas, tantas que había, ¿se acuerda? Una y otra y otra, como las culpas, una más. VIOLETA: Yo amo a mi Alegría. BALTAZARA: La niña Alegría nunca pudo ser ella misma. Usted era demasiado fuerte, demasiado reina. Brillaba con luz propia y la niña Alegría se quemaba a su lado. VIOLETA: Pero yo la quería. Yo quería que fuera… No sé… Como… BALTAZARA: ¿Como usted? VIOLETA: ¿Y eso está mal, Baltazara? BALTAZARA: ¿Y qué quiere que le diga? ¿Acaso yo sé si está bien o no? Yo no tengo tiempo para esas cosas. ¿No ve, todito lo que falta de trapear en la casa? Y yo aquí, perdiendo el tiempo. Yo lo único que sé es que una es mujer, y sufre por los hombres; pero cuando la mujeres tienen un hijo macho lo educan para que sea como los otros hombres, y cuando tienen una hija hembra, la educan para que sea bruta y bestia, como las otras mujeres. VIOLETA: Pero mi Alegría… BALTAZARA: Tenía pesadillas. VIOLETA: ¿Cómo sabes? BALTAZARA: Venía a mi cama. VIOLETA: ¿Y tú nunca le dijiste que hablara conmigo? BALTAZARA: molesta. Ay, cómo es usted, si la niña Alegría no podía con su fuerza, señora Violeta. VIOLETA: Le daba todo lo que yo no tuve. BALTAZARA: Pero nunca le preguntó a ella lo que quería ser. VIOLETA: Porque los niños nunca saben lo que quieren. Hay que enseñarles. Hay que guiarles. BALTAZARA: ¿Como al niño Francisquito? VIOLETA: Te he dicho que no hablemos de Francisco, por Dios. Baltazara calla. VIOLETA: Yo no tuve la culpa de Francisco. Sólo que se me fue de las manos. ¿Por qué no puede regresar el tiempo, Baltazara? Como cuando eran niños y los dos corrían a meterse en mi cama. BALTAZARA: Crecen y se van. VIOLETA: Y todo vuelve a ser lo mismo, y a la final se equivocan de la misma manera que nos equivocamos nosotras. No entienden que una lo único que busca es que encuentren el bien. Me hace gracia. Nosotras somos las viejas, las que no sabemos nada… Y a la vuelta de la esquina siempre es lo mismo sólo que con modas diferentes. Nada cambia, sólo gira y gira… ¿Cómo eras tú de niña, Baltazara? BALTAZARA: ¿De verdad le interesa, señora? VIOLETA: Yo era una niña de trenzas. Con agua de manzanilla, me peinaban. Me gustaba salir en compañía de mi madre. Me llevaba a comprar cintas. Tenía el pelo tan largo. Jugaba a ser mamá, esposa. Jugaba a ser el engaño en el que se convirtió mi vida. ¿Y tú, Baltazara? BALTAZARA: Yo entré a trabajar bien muchachita. Me mandaron a una casa. Tenía miedo. No sabía cocinar. No sabía hacer nada; pero mi mamá me decía, "ve, machona, vas a entrar a ganar, ¿me oyes?" Y la Baltazara no pudo hacer nada. No tenía ni doce años y ya estaba en la casa de unos señores. Una vez hubo un almuerzo con invitados, yo estaba en la cocina y se me quemó la sopa. Híjoles la señora, pensé yo, y total es que me puse a hervir agua y a meter color y papas a la carrera. La sopa quedó sin ningún sabor, horrible quedó; pero como la señora decía que ella era la que había preparado la sopa, no tuvo cara para decirme nada. Yo, rapidito había botado la otra sopa y la miraba, y ella que me miraba sin comprender… VIOLETA: Ay, Baltazara. Por Dios que me haces reír. Baltazara hace el ademán de irse. VIOLETA: Ayudá, ayudá, hijita a enrollar. Y le acerca el mantel de punto de cruz y los hilos BALTAZARA: Regresa. No me quejo. Más creo que ha sufrido usted, señora. VIOLETA: SUSPIRA. Ahí está la tonta de Alegría, tan brillante, tan inteligente, tan capaz, que se va a convivir con ese tal muerto de hambre, mediocre, que no sabe qué quiere, que anda soñando con negocios imposibles, que se lleva a mi chiquita para que ella, tonta, le aplauda en sus fracasos mientras que él no le aplaudirá a ella. BALTAZARA: le enseña los hilos que está arreglando. ¿Ve todos estos colores? La vida no es de un solo color, señora. VIOLETA: ¿Y tú por qué no te casaste? Total, te quedaste para vestir santos. BALTAZARA: Mejor, mejor vestir santos que desvestir borrachos. ¿Ha visto como son los hombres? ¿Como la engañan a una? Cuando están de conquista, todo le ofrecen a una. Que le enamoran, el cielo y la tierra para ti, negrita de mi alma. Taxi al cielo, que sin ti me muero, que no puedo respirar sin ti. VIOLETA: Que eres mi oxígeno. BALTAZARA: Que yo he de cocinar porque tú cocinas toda la semana donde los señores. VIOLETA: Que nunca te he de faltar. Que si tú no existieras yo hubiera tenido que inventarte. BALTAZARA: Que esta platita que te pido prestada es sólo por ahora, porque yo luego he de velar para que nunca te falte nada. VIOLETA: Que a una mujer no se la debe tocar ni con el pétalo de una rosa. BALTAZARA: Que eres la cholita más linda del mundo. VIOLETA: Que te invito a los mejores restaurantes, que pide langosta, que pide caviar, que champagne, que todo es poco para esta princesa de ensueño. BALTAZARA: ¿Y después? Imita a los hombres. "¡Qué te pasa, chola, machona, pues, cómo que no has hecho la comida. Yo cansado llego!" VIOLETA: Mismo juego. "¿Vino? Pero si a vos no te gusta el vino. Juguito nomás para la señora." BALTAZARA: Mismo juego. "Ay, no me jodas, ve. Me voy con los amigos. Ellos sí me entienden." VIOLETA: Mismo juego. "¿Para qué vamos a salir? Yo salgo todo el día." BALTAZARA: Mismo juego. "Chola fea, gordota que estás." VIOLETA: Mismo juego. "Mi mujer no hace nada, mi mujer sólo cría hijos. Se pasa de vaga en la casa." BALTAZARA: Y una que corre, y una que limpia, y una que arregla porque, Dios mío, cómo desordenan. VIOLETA: Y cuando se arrastran borrachos y nosotras que lloramos. BALTAZARA: Es que es el marido, hay que dejar nomás que pegue. VIOLETA: Y se acabaron las flores con las que siempre nos recibían y las ocasiones especiales cuando decían que gracias a nuestra presencia todo lo demás pasaba a segundo plano. A veces me da la impresión que los hombres tienen como un excesivo apuro para establecerse rápido, rápido en una rutina. Es gracioso, al principio, cuando son jóvenes, huyen del matrimonio como si fuera una cadena y luego lo buscan con desesperación. ¿Has visto que un hombre no resiste solo mucho tiempo? No pueden hacer nada y cuando ya viven solos, en donde viven no le dan ni siquiera un calor de hogar. BALTAZARA: Qué van a poder aguantar solos, si no son capaces de hacer nada. VIOLETA: Hablas como si lo hubieras vivido en carne propia. BALTAZARA: En carne propia, propia, no. Pero lo viví con mi viejita. ¡Dios mío cómo le pegaba el viejo cuando yo era pelada! A veces no se podía ni parar. Él decía "yo soy el hombre, yo soy el que manda". Igualito con mis hermanas. Pero yo sí que no me dejé. De eso sí que estoy bien orgullosa. Y cuando mis hermanas se casaron, con la escoba les sacaba a mis cuñados. Vagos, ahí, durmiendo como si no tuvieran nada mejor que hacer. Llenándolas de hijos a mis pobres hermanas y ellos nuevitos, fresquitos, rascándose la panza como si nada, mientras que las pobres ya ni andar podían y los críos lloraban uno tras otro. Ellas, más tontas que se dejaron. Cobardes ahí, aguantando. VIOLETA: Baltazara y ¿no te darían como ganas de contratar eso que llaman gigolós? BALTAZARA: ¿Gi qué? ¿Y eso qué es? VIOLETA: Gigolós, Baltazara, los guapitos esos que una les paga. BALTAZARA: Ay, señora Violeta, cómo va a creer. ¿Pagar yo? ¡Con qué billete! ¿Con lo que usted me paga? se queda pensando unos instantes. Pero y usted, ¿por qué no lo hace? VIOLETA: Por los estúpidos convencionalismos, por el miedo al qué dirán y además porque ni siquiera les has de dejar entrar. Sí, vos me espiabas. ¿Qué crees que no me daba cuenta? Otra vez vuelve a tener una actitud desafiante. Vos has hecho y deshecho lo que te ha dado la gana en mi casa. Nunca me he de olvidar cuando se te antojaba cerrar la puerta a mis invitados. Y cuando les servías frío, ¿qué? ¿A ver? Perro del hortelano parecías, que ni comes ni dejas comer. BALTAZARA: se alza de hombros. Yo lo que estaba era viendo por su bien. No me venga con cosas. Por eso yo también me perdí de muchas experiencias, por andarla cuidando. Porque usted criatura parece y, de no ser por mí, ya viera nomás en lo que hubiera ido a parar. Baltazara comienza a reír divertida. Violeta la mira sorprendida. VIOLETA: ¿Y ahora? BALTAZARA: Es que no puedo olvidar que entre todo lo que yo hacía por usted hay algo que todavía me causa gracia. VIOLETA: alegre y soprendida. ¿Y qué es? BALTAZARA: Cuando el señor volvía a la casa, tarde por la noche con olor a perfume de otra, ¿se acuerda lo que le dábamos? VIOLETA: pícara. La comida del gato. vengativa. Bien hecho y ni cuenta que se daba. La dos ríen divertidas, como niñas. BALTAZARA: Y cuando usted me mandaba a fregar los pisos con el cepillo de dientes del señor. VIOLETA: Y al día siguiente se lavaba serísimo. BALTAZARA: Y cuando le descosimos el traje y lo dejamos hilvanado justo para que se desarmara en el momento ése que él decía que iba a tener reunión importante y nosotras sabíamos adónde se iba. Continúan riendo de lo más entretenidas. VIOLETA: Ay, Baltazara, por Dios. Pero no me arrepiento. Si me vengué de todas las que me hizo. Y suspira con una cierta tristeza. Baltazara vuelve a la maleta y Violeta a la angustia. VIOLETA: ¿Qué querías ser cuando eras joven, Baltazara? BALTAZARA: Yo siempre quise ser soltera. ¿Y usted, señora Violeta? VIOLETA: Te vas a reír de mí si te cuento. BALTAZARA: Ya diga, nomás, señora Violeta, total que aquí no hay nadie. VIOLETA: Yo siempre quise ser piloto de avión. BALTAZARA: Ay, señora Violeta, cucusita creo que se me está volviendo. VIOLETA: No, me gustaba volar. Nunca le tuve miedo. Mientras más se movía, más me gustaba. Pero nunca me atreví ni siquiera a decirlo en voz alta. BALTAZARA: El señor no le hubiera dejado nunca. VIOLETA: No, él nunca lo supo, ni mis hijos, ni nadie… Sólo tú, ahora… pero de verdad lo hubiera querido. BALTAZARA: Nunca me hubiera subido en un avión manejado por usted. VIOLETA: ¿Por qué? BALTAZARA: Me hubiera dado miedo. VIOLETA: Porque soy mujer, ¿verdad? BALTAZARA: No, no es eso, seño. VIOLETA: Sí, sí es, nosotras mismas nos encargamos de boicotearnos. Nos han enseñado bien los hombres, nos han enseñado a dudar de nosotras mismas. Estamos jodidas y es por nuestra propia culpa. BALTAZARA: ¿Por qué se casó, usted, señora Violeta? VIOLETA: ¿Y qué más aprendimos? Yo era muy joven y en nuestra época sólo nos enseñaban a depender de un hombre. La que no se casaba era 'percha'. Ni sé por qué; pero así se decía: 'percha'… Como en un almacén. En esa época una mujer no podía hacer mucho. Y a una la compran. Las mujeres somos traperas desde chiquitas, y la ilusión de preparar el ajuar, que las sábanas, que los manteles, que los tapetes, que el vestido. Mi mamá me llevó de compras vísperas de mi matrimonio y recuerdo la ilusión que yo tenía. Me mandó a hacer unos ternitos sastre para las "ocasiones", unas faldas de señora, unos vestidos de fiesta. Me compró tacones, los tacos aguja eran en esa época. A lo mejor te suena ridículo, pero, ¿sabes, Baltazara? En el fondo sentía que estaba adquiriendo mi libertad. BALTAZARA: ¿Libertad, dice? VIOLETA: Como burlandose de si misma. Imagínate. Iba a tener mi casa, mi mundo… y en cierto modo fue así. Las mejores horas las pasaba cuando estaba sola. El momento en que la puerta se cerraba, el señor salía… y yo me sentía a mis anchas. Muchas veces no me preocupaba de la casa hasta minutos antes de que el señor volviera y entonces eran las carreras. BALTAZARA: ¿Usted sí se enamoró, señora? VIOLETA: Mi mamá decía que el amor se podía aprender. BALTAZARA: ¿Y aprendió? VIOLETA: Me ilusioné… Después la ilusión pasa. BALTAZARA: Las mujeres se joden cuando se enamoran. Violeta se levanta intempestivamente, con algo de emoción. VIOLETA: Pero eso no merece recordarlo. La señora quiere recordar cuando los niños no la dejaban ir. “No te vamos a dejar ir, te vamos a tener siempre” “Hoy día te quedas amarrada” Y yo me dejaba llevar por eso. BALTAZARA: Quizás la señora lo quiera ver así.. VIOLETA: Sorprendida. ¿A qué te refieres? BALTAZARA: La señora se molestaba de que los niños no la dejaran salir, se molestaba de que los niños quisieran que la señora se quedara, perdía la paciencia con sus gritos, con sus ruegos de que no saliera. Y siempre era así, no sólo de vez en cuando y de cuando en vez, jah, si yo conozco a mi gente. La Baltazara se quedaba a pensar en cómo arreglar las cosas, en cómo consolarlos. La Baltazara siempre para solucionar los apuros de la señora. La señora quisiera que el tiempo retrocediera para que las cosas ahora sean diferentes pero no, señora, sólo tenemos el instante y lo que hacemos lo cargamos como cadenas. VIOLETA: No te conocía así, Baltazara. BALTAZARA: ¿No me conocía cómo? VIOLETA: Hablando como estás hablando. BALTAZARA: Porque la que hablaba siempre era usted, señora Violeta; porque lo único que teníamos en común era la casa. Usted pasaba y yo pasaba. Yo, con mis ocupaciones, usted con las suyas. ¿Acaso que tenía tiempo? De un lado a otro, corriendo a todas horas. ¿Ha visto las rieles del tren? VIOLETA: la mira sorprendida. ¿Rieles del tren? No entiendo. BALTAZARA: Ay, señora Violeta y usted que se las da de culta. Las rieles del tren, las rieles del tren, pues. Verá, por mi pueblo pasaban unas rieles del tren, juntas van pero no se topan la una a la otra y sin embargo juntas están para que el tren pase por encima. VIOLETA: Tanto que te quejas. No entiendo por qué no te fuiste antes. ¿Dices que te vas? Baltazara la mira a los ojos. Tal vez por fin voy a estar tranquila, vas a dejar de ser mi sombra. Lo que voy a hacer es divorciarme de ti. BALTAZARA: la mira sorprendida. ¿Divorciarse de mí? VIOLETA: Aunque no lo creas, lo mío contigo ha sido peor que un matrimonio. BALTAZARA: ¿Cómo dice? VIOLETA: Así como oyes. Me organizabas todo como a ti te parecía. No podía ni reclamarte la sazón de la comida que ya te molestabas. En esta casa siempre se ha hecho tu santa voluntad. BALTAZARA: Momentito, si yo no hacía las cosas, la casa se hubiera ido cayendo en pedazos. VIOLETA: Ya vamos a ver ahora que te vas. BALTAZARA: Orgullosa. Ya vamos a ver ahora que me voy. Ay, si era de ver no más, su angustia cuando me iba, su cara de alivio cuando volvía. Así nomás era, no se me venga ahora a hacerse la independiente. VIOLETA: Y tú tampoco. BALTAZARA: Sí, yo comí sus sobras, caminando por donde usted caminaba, mirando a donde usted miraba, cerrando la llave cuando usted no podía cerrarla. VIOLETA: Se crispa. ¡Basta! Todo comenzó hace veinte años, sí te acuerdas, ¿no? BALTAZARA: Hace veinticinco años, señora, usted siempre se ha quitado la edad. Hace veinticinco años llegó a este barrio, era la primera con las doras flamantes y yo era una de ellas, la baltazaradora, y ahora ya todo está falluco, falluco, usted, yo, todos mismo andamos necesitando una retocadita. VIOLETA: Tú porque te dejas acabar. Hay que cuidarse, ve nomás en las fachas que andas, eso es sólo por darme la contra, porque bien que tienes los armarios llenos de ropa y ve pues esas vejeces. Por otro lado, yo siempre te he recomendado unas cremas muy buenas. BALTAZARA: Las que usted ya no usaba porque estaban rancias. Se lo agradezco, señora, pero ¿sabe qué? Las dos estamos igualitas. VIOLETA: Es que son veinte años… BALTAZARA: Veinticinco, veinticinco. Señora, siga mintiéndose y me largo más pronto. VIOLETA: ¿Cómo era yo hace veinte… veinticinco años, Baltazara? BALTAZARA: ¿Piropos es que quiere? VIOLETA: Sí. BALTAZARA: Tenga, pues… Hace veinticinco años usted era casi joven, señora. VIOLETA: ¿Cómo que casi? BALTAZARA: Hace 25 años, usted tenía 30, señora. VIOLETA: Tú también. BALTAZARA: Yo también. Yo era fuerte. Decidida… Usted parecía una artista de cine, señora. Cuando se ponía su abrigo de astralán… VIOLETA: Astracán. BALTAZARA: Lo que sea… Yo me quedaba mirándola y mirándola… Y el señor parecía que quería comérsela mismo. VIOLETA: Al principio… BALTAZARA: Casi hasta el final, señora… Pero usted terminó amargada, cansada y yo también, aunque sí hice mis cositas. VIOLETA: Asombrada al extremo. ¿Hombres dices? Pero, si no salías de esta casa más que una vez cada quince. BALTAZARA: ¿Y qué? ¿Acaso usted dormía conmigo? ¿Como usted no conoce mi cuarto, nunca vio cómo se abre la ventana? Y mira al vacío con picardía. Las dos ríen. Han vuelto a ser cómplices. VIOLETA: ¿Y te… Te enamoraste alguna vez, Baltazara? ¿Camote, camote? BALTAZARA: Aceptando el juego. ¿Ve estas arrugas? ¿De qué cree que son? VIOLETA: la mira sorprendida. ¡Baltazara! ¡Qué escondidito te lo tenías! BALTAZARA: Y qué, ¿acaso tengo que andar dando cuentas de lo que hago? Porque usted pudo haber sido la que me pagaba, la que me decía qué hacer en el día; pero a la noche… lo que era mi vida, la más íntima, mi vidita, ésa que usted nunca quiso conocer, ésa fue mía. Y ¿sabe qué? Usted habrá estado para que le digan como vivir su vida, yo no. Y, además, lo mejor era cuando me cansaba y con la escoba les daba a los que me seguían jodiendo que me fuera a vivir con ellos, ¿acaso que yo iba a estar aguantándoles? De sirvienta gratis. Ahí sí, comodotes, orondos. Que no me vengan a molestar, mejor dicho. ¿Acaso que tengo tiempo para andarlos soportando? Manos tienen, cuerpo tienen, que aprendan pues a bastarse por sí mismos, yo dizque voy a estar para andarles cuidando, porque los hombres sí que son… niños parecen. VIOLETA: ¿Cómo vamos a vivir, Baltazara? BALTAZARA: No sé usted. Yo me voy, ya le dije. Y se aleja decidida. Violeta corre detrás y la detiene con desesperación. VIOLETA: casi que arrastra a Baltazara hasta el sofá. Siéntate. Baltazara señala el sofá. BALTAZARA: ¿En dónde? ¿Ahí? VIOLETA: ¡Ahí pues! Baltazara se sienta primero, nerviosa. VIOLETA: Para que te tranquilices te sirvo un café. Baltazara se arrellana cómodamente. BALTAZARA: visiblemente satisfecha. Mejor un traguito de esos que usted se toma. Señala el bar. Y no me servirá porquito. Violeta la mira y como que reacciona molesta pero regresa con el trago. VIOLETA: ¿Puedo hacer algo? BALTAZARA: Pudo. VIOLETA: Te aumento el sueldo. BALTAZARA: Ya no estoy para ésas. VIOLETA: Te regalo un abrigo. BALTAZARA: Cuál, ¿el de astralán? Violeta hace un gesto de que precisamente ése era el que no quería. BALTAZARA: No se anima, ¿ya ve? VIOLETA: Está bien, el de astracán. Pero no me dejes. BALTAZARA: Y salgo cuando yo quiera. VIOLETA: Siempre has salido cuando has querido. BALTAZARA: Sí pero otra cosa es cuando la señora le da la bendición a una. Oiga, y además le doy sancocho de pescado todos los días y se lo toma. VIOLETA: No me vengas con chantajes, estás abusando, Baltazara. BALTAZARA: Señora, una pregunta, ¿por qué tanta desesperación por que me quede si dice que se quiere, como era, divorciarse de mí? Violeta se deja caer en el sofá. VIOLETA: Por los… Los recuerdos… BALTAZARA: Implacable. ¿Y el fracaso? VIOLETA: Y el fracaso. BALTAZARA: ¿Y la soledad? VIOLETA: Aunque sea para tener con quién pelear. BALTAZARA: A ver, señora Violeta, venga que la llevo a la cama. Con mucha INTENCIÓN. Y hablamos de una vez por todas del niño Francisquito. VIOLETA: Francisco está muerto. Dejemos su fantasma en paz. BALTAZARA: Un fantasma nunca se queda en paz, señora Violeta. Nunca… hasta que una misma no lo deja salir. Hay que dejarlo ir. Violeta llora con suavidad pero a lo largo de los siguientes diálogos se irá descomponiendo cada vez más. VIOLETA: Yo le había pedido que no saliera esa noche. BALTAZARA: Le preparé su sopa, como siempre; pero, como siempre, ahí la dejó. Caminó por la sala… Imita. "Más bien sírveme un whisky, Baltazara" Se reproduce a si misma, en otra SITUACIÓN. "No, niño Francisquito, no tome ahora. Ya va a comenzar otra vez, y usted sabe que se pone como loco". Francisco. "No molestes, Baltazara. Que me sirvas un whisky, te digo." VIOLETA: Y tú se lo diste, consintiéndolo como siempre. BALTAZARA: Igual que usted, señora. Siempre consiguió todo lo que quiso. Usted lo sabe. VIOLETA: Me había prometido no beber más. BALTAZARA: Siempre prometía eso por las mañanas, y a la noche… Francisco. "Sírveme un whisky, Baltazara". Se lo tomó de golpe y se fue. VIOLETA: Y a las dos de la mañana. BALTAZARA: Sonó el teléfono. VIOLETA: Sentí como una puñalada. Traslado en el tiempo. ¡Baltazara! BALTAZARA: Y un recorrido helado por la espalda. Traslado en el tiempo. ¿El niño Francisquito? VIOLETA: Mismo juego. Un accidente… Entró en cuidados intensivos… ¡Mi hijooo! BALTAZARA: Sale de situacion. Vuelve al presente. Fria. Estaba borracho, señora. Por su culpa murieron tres inocentes. VIOLETA: Sigue en el pasado. Acompáñame, Baltazara… BALTAZARA: En presente. Y la Baltazara la acompañó. Como siempre. VIOLETA: Sigue en el pasado. Ahí está, Baltazara… Nuestro chiquito. BALTAZARA: En presente. Y los médicos dijeron que ya no había esperanza… Violeta sigue inclinada sobre el sofa, que hace las veces de Francisco. Y estaba conectado a un montón de tubos y de fierros… Y los médicos no sabían qué hacer… VIOLETA: En el pasado. Baltazara… BALTAZARA: Esta de pie, a un costado, como un angel exterminador. Y estaba sufriendo… Y ya nadie sabía qué hacer… VIOLETA: Intenta salir de SITUACIÓN. No más, Baltazara… No más… BALTAZARA: Hay que llegar hasta el fin. Como entonces. VIOLETA: En SITUACIÓN. Está sufriendo, Baltazara. Nuestro chiquito está sufriendo. BALTAZARA: Implacable. Y llegó el médico ése, el que era amigo de su esposo… Y dijo que ya no había nada que hacer… Mejor que te lo lleves a la casa. "Hay que resignarse, Violeta", dijo. VIOLETA: No más, Baltazara… No más… BALTAZARA: Y a mí no me dijo nada, claro. Yo soy nadie. VIOLETA: No más… Por Dios, Baltazara, no más… BALTAZARA: Pero usted sí me dijo. Cuando ya pasaron los meses. Bastante me dijo… VIOLETA: Está sufriendo, Baltazara… Nuestro chiquito está sufriendo… BALTAZARA: Un eco, como al inicio de la obra. Sufriendo. VIOLETA: Y ya no hay nada que hacer, Baltazara… Nada. BALTAZARA: Mismo juego. Nada. VIOLETA: Pero algo hay que hacer, Baltazara… Algo… BALTAZARA: Algo. VIOLETA: Baltazara… Cierra la llave del oxígeno, Baltazara. BALTAZARA: Había que hacer algo… VIOLETA: ¡Cierra la llave del oxígeno, Baltazara! BALTAZARA: Y la Baltazara fue, y cerró la llave del oxígeno… Y el niño Francisquito murió… Poquito a poco, y delante de mis ojos, murió… Así que la Baltazara tuvo que criarlo, y que cuidarlo, y que vestirlo… Y la Baltazara misma tuvo que matarlo, para que no sufriera, porque los médicos decían que no había nada que hacer. VIOLETA: Sigue en SITUACIÓN. Cierra la llave del oxígeno, Baltazara. BALTAZARA: Y después, nadie le dio el pésame a la chola Baltazara… Y hasta tuve que aguantarla en mi hombro para que usted llorara, señora Violeta. Y estar serena. Y firme. Para que usted se calmara, señora Violeta. Porque usted era la madre y yo no era nadie… Yo nunca fui nadie. VIOLETA: Ya es mecanico. Está destruida. Cierra la llave del oxígeno, Baltazara. BALTAZARA: No. Nunca más. ¡Cierre usted misma la llave, señora Violeta! Por una única vez… Por esta sola vez, sea usted madre, señora Violeta. Violeta está en el suelo. Da la espalda a Baltazara. Ella toma su maleta y se dirige a la puerta. La abre. Se detiene un momento. BALTAZARA: Me voy, señora Violeta. No, ni siquiera es que 'me voy'. Ya me fui, señora Violeta. Baltazara cierra la puerta con estrépito, pero queda dentro. Violeta, convencida de que Baltazara se ha marchado, sigue de espaldas. Volvemos a un juego parecido al del inicio. VIOLETA: Ya no queda nadie. BALTAZARA: Un eco. Nadie. VIOLETA: Todos se han ido. BALTAZARA: Mismo juego. Se han ido. VIOLETA: Se da la vuelta BRUSCAMENTE. ¡No te fuiste! BALTAZARA: Con triste ironia. Ya no tengo adónde irme, señora Violeta. VIOLETA: O sea que… BALTAZARA: Estamos solas. VIOLETA: Solas. BALTAZARA: Porque todos se han ido. VIOLETA: Se han ido… BALTAZARA: Y no hay nadie. VIOLETA: Nadie. Hace veinte y cinco años que todo comenzó. BALTAZARA: Pensé que eran veinte. VIOLETA: ¿Y qué vamos a hacer de ahora en adelante? BALTAZARA: Lo mismo de siempre, señora. Nada cambia, sólo da vueltas. VIOLETA: Gira y gira…Y como en todos los carruseles que no van a ninguna parte, lo único que sucede es que al terminar de girar una acaba mareada y con náuseas. VIOLETA: Y esta casa… No, no 'casa'… Esta cárcel, esta tumba… Está vacía… BALTAZARA: Esto no es una cárcel ni una tumba… Esto es una casa, señora Violeta. VIOLETA: Pero está vacía. BALTAZARA: Estamos nosotras, señora Violeta. VIOLETA: Pero estamos solas. BALTAZARA: Juntas. VIOLETA: O sea que… ¿Baltazara? BALTAZARA: Me llamo María Baltazara Yagual, señora Violeta. Telón Viviana Cordero. Correo electrónico: viviana@access.net.ec Todos los derechos reservados Buenos Aires. Argentina. Enero de 2002 CELCIT. Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral Director: Carlos Ianni Bolívar 825. (1066) Buenos Aires. 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Comments on "MANO A MANO - ECUADOR"
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Jesús Cruz Flores. said ... (8:51 AM) :
post a commentHola Viviana. Un saludo desde el México Profundo. Andaba curoseando los textos de Maz Teatro. Me gusto tu texto. Un abrazo.
Jesús Cruz Flores